miércoles, 17 de febrero de 2016

"Cuento para tahures" - Rodolfo Walsh

Cuento para Tahúres- Rodolfo Walsh


Salió no más el 10 —un 4 y un 6— cuando ya nadie lo creía. A mí qué me 
importaba, hacía rato que me habían dejado seco. Pero hubo un murmullo feo 
entre los jugadores acodados a la mesa del billar y los mirones que formaban 
rueda. Renato Flores palideció y se pasó el pañuelo a cuadros por la frente 
húmeda. Después juntó con pesado movimiento los billetes de la apuesta, los alisó 
uno a uno y, doblándolos en cuatro, a lo largo, los fue metiendo entre los dedos de 
la mano izquierda, donde quedaron como otra mano rugosa y sucia entrelazada 
perpendicularmente a la suya. Con estudiada lentitud puso los dados en el cubilete 
y empezó a sacudirlos. Un doble pliegue vertical le partía el entrecejo oscuro. 
Parecía barajar un problema que se le hacía cada vez más difícil. Por fin se 
encogió de hombros. 

—Lo que quieran... —dijo. 

Ya nadie se acordaba del tachito de la coima. Jiménez, el del negocio, 
presenciaba desde lejos sin animarse a recordarlo. Jesús Pereyra se levantó y 
echó sobre la mesa, sin contarlo, un montón de plata. 

—La suerte es la suerte dijo con una lucecita asesina en la mirada—. Habrá que 
irse a dormir. 

Yo soy hombre tranquilo; en cuanto oí aquello, gané el rincón más cercano a la 
puerta. Pero Flores bajó la vista y se hizo el desentendido. 
 —Hay que saber perder —dijo Zúñiga sentenciosamente, poniendo un billetito de 
cinco en la mesa. Y añadió con retintín—: Total, venimos a divertirnos. 

—¡Siete pases seguidos! —comentó, admirado, uno de los de afuera. 

Flores lo midió de arriba abajo. 

—¡Vos, siempre rezando! —dijo con desprecio. 

Después he tratado de recordar el lugar que ocupaba cada uno antes de que 
empezara el alboroto. Flores estaba lejos de la puerta, contra la pared del fondo. A 
la izquierda, por donde venía la ronda, tenía a Zúñiga. Al frente, separado de él 
por el ancho de la mesa del billar, estaba Pereyra. Cuando Pereyra se levantó dos 
o tres más hicieron lo mismo. Yo me figuré que sería por el interés del juego, pero 
después vi que Pereyra tenía la vista clavada en las manos de Flores. Los demás 
miraban el paño verde donde iban a caer los dados, pero él sólo miraba las manos 
de Flores. 

El montoncito de las apuestas fue creciendo: había billetes de todos tamaños y 
hasta algunas monedas que puso uno de los de afuera. Flores parecía vacilar. Por 
fin largó los dados. Pereyra no los miraba. Tenía siempre los ojos en las manos de 
Flores. 

—El cuatro —cantó alguno. 

En aquel momento, no sé por qué, recordé los pases que habia echado Flores: el 
4, el 8, el 10, el 9, el 8, el 6, el 10... Y ahora buscaba otra vez el 4.  
El sótano estaba lleno del humo de los cigarrillos. Flores le pidió a Jiménez que le 
trajera un café, y el otro se marchó rezongando. Zúñiga sonreía maliciosamente 
mirando la cara de rabia de Pereyra. Pegado a la pared, un borracho despertaba 
de tanto en tanto y decía con voz pastosa: 

—¡Voy diez a la contra! —Después se volvía a quedar dormido. 

Los dados sonaban en el cubilete y rodaban sobre la mesa. Ocho pares de ojos 
rodaban tras ellos. Por fin alguien exclamó: 

—¡El cuatro! 

En aquel momento agaché la cabeza para encender un cigarrillo. Encima de la 
mesa había una lamparita eléctrica, con una pantalla verde. Yo no vi el brazo que 
la hizo añicos. El sótano quedó a oscuras. Después se oyó el balazo. 

Yo me hice chiquito en mi rincón y pensé para mis adentros: "Pobre Flores, era 
demasiada suerte". Sentí que algo venía rodando y me tocaba en la mano. Era un 
dado. Tanteando en la oscuridad, encontré el compañero. 

En medio del desbande, alguien se acordó de los tubos fluorescentes del techo. 
Pero cuando los encendieron, no era Flores el muerto. Renato Flores seguía 
parado con el cubilete en la mano, en la misma posición de antes. A su izquierda, 
doblado en su silla, Ismael Zúñiga tenía un balazo en el pecho. 
 "Le erraron a Flores", pensé cn el primer momento, "y le pegaron al otro. No hay 
nada que hacerle, esta noche está de suerte." 

Entre varios alzaron a Zúñiga y lo tendieron sobre tres sillas puestas en hilera. 
Jiménez (que había bajado con el café) no quiso que lo pusieran sobre la mesa de 
billar para que no le mancharan el paño. De todas maneras ya no había nada que 
hacer. 

Me acerqué a la mesa y vi que los dados marcaban el 7. Entre ellos había un 
revólver 48. 

Como quien no quiere la cosa, agarré para el lado de la puerta y subí despacio la 
escalera. Cuando salí a la calle había muchos curiosos y un milico que doblaba 
corriendo la esquina. 

Aquella misma noche me acordé de los dados, que llevaba en el bolsillo —¡lo que 
es ser distraído! —, y me puse a jugar solo, por puro gusto. Estuve media hora sin 
sacar un 7. Los miré bien y vi que faltaban unos números y sobraban otros. Uno 
de los "chivos" tenia el 8, el 4 y el 5 repetidos en caras contrarias. El otro, el 5, el 6 
y el 1. Con aquellos dados no se podía perder. No se podía perder en el primer 
tiro, porque no se podía formar el 2, el 3 y el 12, que en la primera mano son 
perdedores. Y no se podía perder en los demás porque no se podía sacar el 7, 
que es el número perdedor después de la primera mano. Recordé que Flores 
había echado siete pases seguidos, y casi todos con números difíciles: el 4, el 8, 
el 10, el 9, el 8, el 6, el 10... Y a lo último había sacado otra vez el 4. Ni una sola 
clavada. Ni una barraca. En cuarenta o cincuenta veces que habría tirado los 
dados no había sacado un solo 7, que es el número más salidor. 
 Y, sin embargo, cuando yo me fui, los dados de la mesa formaban el 7, en vez del 
4, que era el último número que había sacado. Todavía lo estoy viendo, clarito: un 
6 y un 1. 

Al día siguiente extravié los dados y me establecí en otro barrio. Si me buscaron, 
no sé; por un tiempo no supe nada más del asunto. Una tarde me enteré por los 
diarios que Pereyra había confesado. Al parecer, se había dado cuenta que Flores 
hacía trampa. Pereyra iba perdiendo mucho, porque acostumbraba jugar fuerte, y 
todo el mundo sabía que era mal perdedor. En aquella racha de Flores se le 
habían ido más de tres mil pesos. Apagó la luz de un manotazo. En la oscuridad 
erró el tiro, y en vez de matar a Flores mató a Zúñiga. Eso era lo que yo también 
había pensado en el primer momento. 

Pero después tuvieron que soltarlo. Le dijo al juez que lo habían hecho confesar a 
la fuerza. Quedaban muchos puntos oscuros. Es fácil errar un tiro en la oscuridad, 
pero Flores estaba frente a él, mientras que Zúñiga estaba a un costado, y la 
distancia no habrá sido mayor de un metro. Un detalle lo favoreció: los vidrios 
rotos de la lamparita eléctrica del sótano estaban detrás de él. Si hubiera sido él 
quien dio el manotazo — dijeron— los vidrios habrían caído del otro lado de la 
mesa de billar, donde estaban Flores y Zúñiga. 

El asunto quedó sin aclarar. Nadie vio al que pegó el manotazo a la lámpara, 
porque estaban todos inclinados sobre los dados. Y si alguien lo vio, no dijo nada. 
Yo, que podía haberlo visto, en aquel momento agaché la cabeza para encender 
un cigarrillo, que no llegué a encender. No se encontraron huellas en el revólver, ni 
se pudo averiguar quién era el dueño. Cualquiera de los que estaban alrededor de 
la mesa—y eran ocho o nueve—pudo pegarle el tiro a Zúñiga. 
 Yo no sé quién habrá sido el que lo mató. Quien más quien menos tenía alguna 
cuenta que cobrarle. Pero si yo quisiera jugarle sucio a alguien en una mesa de 
pase inglés, me sentaría a su izquierda, y al perder yo, cambiaría los dados 
legítimos por un par de aquellos que encontré en el suelo, los metería en el 
cubilete y se los pasaría al candidato. El hombre ganaría una vez y se pondría 
contento. Ganaría dos veces, tres veces... y seguiría ganando. Por difícil que fuera 
el número que sacara de entrada, lo repetiría siempre antes de que saliera el 7. Si 
lo dejaran, ganaría toda la noche, porque con esos dados no se puede perder. 

Claro que yo no esperaría a ver el resultado. Me iría a dormir, y al día siguiente me 
enteraría por los diarios. ¡Vaya usted a echar diez o quince pases en semejante 
compañía! Es bueno tener un poco de suerte; tener demasiada no conviene, y 
ayudar a la suerte es peligroso. . . 

Sí, yo creo que fue Flores no más el que lo mató a Zúñiga. Y en cierto modo lo 
mató en defensa propia. Lo mató para que Pereyra o cualquiera de los otros no lo 
mataran a él. Zúñiga—por algún antiguo rencor, tal vez — le había puesto los 
dados falsos en el cubilete, lo había condenado a ganar toda la noche, a hacer 
trampa sin saberlo, lo había condenado a que lo mataran, o a dar una explicación 
humillante en la que nadie creería. 

Flores tardó en darse cuenta; al principio creyó que era pura suerte; después se 
intranquilizó; y cuando comprendió la treta de Zúñiga, cuando vio que Pereyra se 
paraba y no le quitaba la vista de las manos, para ver si volvía a cambiar los 
dados, comprendió que no le quedaba más que un camino. Para sacarse a 
Jiménez de encima, le pidió que le trajera un café. Esperó el momento. El 
momento era cuando volviera a salir el 4, como fatalmente tenía que salir, y 
cuando todos se inclinaran instintivamente sobre los dados. 

Entonces rompió la bombita eléctrica con un golpe del cubilete, sacó el revólver 
con aquel pañuelo a cuadros y le pegó el tiro a Zúñiga. Dejó el revólver en la 
mesa, recobró los "chivos" y los tiró al suelo. No había tiempo para más. No le 
convenía que se comprobara que había estado haciendo trampa, aunque fuera sin 
saberlo. Después metió la mano en el bolsillo de Zúñiga, le buscó los dados 
legítimos, que el otro había sacado del cubilete, y cuando ya empezaban a 
parpadear los tubos fluorescentes, los tiró sobre la mesa. 


Y esta vez sí echó clavada, un 7 grande como una casa, que es el número más 
salidor... 

"Los amigos" - Julio Cortazar

"Los amigos" - Julio Cortázar

 

     EN ESE JUEGO todo tenía que andar rápido. Cuando el Número Uno decidió que había que liquidar a Romero y que el Número Tres se encargaría del trabajo, Beltrán recibió la información pocos minutos más tarde. Tranquilo pero sin perder un instante, salió del café de Corrientes y Libertad y se metió en un taxi. Mientras se bañaba en su departamento, escuchando el noticioso, se acordó de que había visto por última vez a Romero en San Isidro, un día de mala suerte en las carreras. En ese entonces Romero era un tal Romero, y él un tal Beltrán; buenos amigos antes de que la vida los metiera por caminos tan distintos. Sonrió casi sin ganas, pensando en la cara que pondría Romero al encontrárselo de nuevo, pero la cara de Romero no tenía ninguna importancia y en cambio había que pensar despacio en la cuestión del café y del auto. Era curioso que al Número Uno se le hubiera ocurrido hacer matar a Romero en el café de Cochabamba y Piedras, y a esa hora; quizá, si había que creer en ciertas informaciones, el Número Uno ya estaba un poco viejo. De todos modos la torpeza dé la orden le daba una ventaja: podía sacar el auto del garaje, estacionarlo con el motor en marcha por el lado de Cochabamba, y quedarse esperando a que Romero llegara como siempre a encontrarse con los amigos a eso de las siete de la tarde. Si todo salía bien evitaría que Romero entrase en el café, y al mismo tiempo que los del café vieran o sospecharan su intervención. Era cosa de suerte y de cálculo, un simple gesto (que Romero no dejaría de ver, porque
era un lince), y saber meterse en el tráfico y pegar la vuelta a toda máquina. Si los dos hacían las cosas como era debido —y Beltrán estaba tan seguro de Romero como de él mismo— todo quedaría despachado en un momento. Volvió a sonreír pensando en la cara del Número Uno cuando más tarde, bastante más tarde, lo llamara desde algún teléfono público para informarle de lo sucedido.

   Vistiéndose despacio, acabó el atado de cigarrillos y se miró un momento al espejo. Después sacó otro atado del cajón, y antes de apagar las luces comprobó que todo estaba en orden. Los gallegos del garaje le tenían el Ford como una seda. Bajó por Chacabuco, despacio, y a las siete menos diez se estacionó a unos metros de la puerta del café, después de dar dos vueltas a la manzana esperando que un camión de reparto le dejara el sitio. Desde donde estaba era imposible que los del café lo vieran. De cuando en cuando apretaba un poco el acelerador para mantener el motor caliente; no quería fumar, pero sentía la boca seca y le daba rabia.

   A las siete menos cinco vio venir a Romero por la vereda de enfrente; lo reconoció en seguida por el chambergo gris y el saco cruzado. Con una ojeada a la vitrina del café, calculó lo que tardaría en cruzar la calle y llegar hasta ahí. Pero a Romero no podía pasarle nada a tanta distancia del café, era preferible dejarlo que cruzara la calle y subiera a la vereda. Exactamente en ese momento, Beltrán puso el coche en marcha y sacó el brazo por la ventanilla. Tal como había previsto, Romero lo vio y se detuvo sorprendido. La primera bala le dio entre los ojos, después Beltrán tiró al montón que se derrumbaba. El Ford salió en diagonal, adelantándose limpio a un tranvía, y dio la vuelta por Tacuarí. Manejando sin apuro, el Número Tres pensó que la última visión de Romero había sido la de un tal Beltrán, un amigo del hipódromo en otros tiempos.

"Mujer de artista" - Roberto J. Payró

http://media.wix.com/ugd/f9fd02_1
656a015d47b4304b55edffe885adc2e.pdf

"El almohadón de plumas" - Horacio Quiroga

El almohadón de plumas- Horacio Quiroga

 
Su luna de miel fué un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Lo quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. El, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer.

Durante tres meses--se habían casado en abril--vivieron una dicha especial. Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor, más expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenía en seguida.

La casa en que vivían influía no poco en sus estremecimientos. La blancura del patio silencioso--frisos, columnas y estatuas de mármol--producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.

En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había concluído por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido.

No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin, una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó la mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni decir una palabra.

Fué ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma detención, ordenándole calma y descanso absolutos.

--No sé--le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja.--Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada... Si mañana se despierta como hoy, llámeme en seguida.

Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin oir el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pasos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba en su dirección.

Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor.

--¡Jordán! ¡Jordán!--clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.

Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dió un alarido de horror.

--¡Soy yo, Alicia, soy yo!

Alicia lo miró con extravío, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola temblando.

Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos.

Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio y pasaron al comedor.

--Pss..--se encogió de hombros desalentado su médico.--Es un caso serio... poco hay que hacer...

--¡Sólo eso me faltaba!--resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa.

Alicia fué extinguiéndose en subdelirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas olas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aún que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por la colcha.

Perdió, luego, el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado de los eternos pasos de Jordán.

Murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el almohadón.

--Señor--llamó a Jordán en voz baja.--En el almohadón hay manchas que parecen de sangre.

Jordán se acercó rápidamente y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchas de sangre.

--Parecen picaduras--murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación.

--Levántelo a la luz--le dijo Jordán.

La sirvienta lo levantó, pero en seguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban.

--¿Qué hay?--murmuró con la voz ronca.

--Pesa mucho--articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.

Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dió un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los bandós:--sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.

Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca--su trompa, mejor dicho--a las sientes de aquella, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón había impedido sin duda su desarrollo, pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fué vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia.

Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma.

"A la deriva" - Horacio Quiroga

A la deriva- Horacio Quiroga. 


Audiolibro: http://www.spreaker.com/user/gabiover0804/a-la-deriva

  El hombre pisó algo blanduzco, y en seguida sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante, y al volverse con un juramento vio una yararacusú que, arrollada sobre sí misma, esperaba otro ataque.

      El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de la cintura. La víbora vio la amenaza, y hundió más la cabeza en el centro mismo de su espiral; pero el machete cayó de lomo, dislocándole las vértebras.

    El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre, y durante un instante contempló. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violetas, y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la picada hacia su rancho.

    El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el hombre sintió dos o tres fulgurantes puntadas que, como relámpagos, habían irradiado desde la herida hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad de garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo juramento.

    Llegó por fin al rancho y se echó de brazos sobre la rueda de un trapiche. Los dos puntitos violeta desaparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie entero. La piel parecía adelgazada y a punto de ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en un ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.

-¡Dorotea! -alcanzó a lanzar en un estertor-. ¡Dame caña!

Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres tragos. Pero no había sentido gusto alguno.

-¡Te pedí caña, no agua! -rugió de nuevo-. ¡Dame caña!

-¡Pero es caña, Paulino! -protestó la mujer, espantada.

-¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo!

La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos vasos, pero no sintió nada en la garganta.

-Bueno; esto se pone feo -murmuró entonces, mirando su pie lívido y ya con lustre gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo, la carne desbordaba como una monstruosa morcilla.

    Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos y llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de garganta que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando pretendió
incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la frente apoyada en la rueda de palo.

    Pero el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió a su canoa. Sentose en la popa y comenzó a palear hasta el centro del Paraná. Allí la corriente del río, que en las inmediaciones del Iguazú corre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a Tacurú-Pucú.

    El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el medio del río; pero allí sus manos dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vómito -de sangre esta vez- dirigió una mirada al sol que ya trasponía el monte.

    La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo que reventaba la ropa. El hombre cortó la ligadura y abrió el pantalón con su cuchillo: el bajo vientre desbordó hinchado, con grandes manchas lívidas y terriblemente doloroso. El hombre pensó que no podría jamás llegar él solo a Tacurú-Pucú, y se decidió a pedir ayuda a su compadre Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban disgustados.

    La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo fácilmente atracar. Se arrastró por la picada en cuesta arriba, pero a los veinte metros, exhausto, quedó tendido de pecho.

-¡Alves! -gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano.

-¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor! -clamó de nuevo, alzando la cabeza del suelo. En el silencio de la selva no se oyó un solo rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva.

    El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro también. Adelante, a los costados, detrás, la eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única.

    El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un violento escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración.

    El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía fuerzas para mover la mano, contaba con la caída del rocío para reponerse del todo. Calculó que antes de tres horas estaría en Tacurú-Pucú.

    El bienestar avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni en la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su compadre Gaona en Tacurú-Pucú? Acaso viera también a su ex patrón mister Dougald, y al recibidor del obraje.

¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y el río se había coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el río su frescura crepuscular, en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay.

    Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí misma ante el borbollón de un remolino. El hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor, y pensaba entretanto en el tiempo justo que había pasado sin ver a su ex patrón Dougald. ¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho meses y medio? Eso sí, seguramente.

De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho.

¿Qué sería? Y la respiración...

Al recibidor de maderas de mister Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto Esperanza un viernes santo... ¿Viernes? Sí, o jueves...

El hombre estiró lentamente los dedos de la mano.

-Un jueves...

Y cesó de respirar.

Presentación del blog

Hola, me llamo Gabriel Quadu,  voy al colegio Tomas Alva Edison. Creé este blog porque me lo pidieron en la escuela. Este blog va a tener historias, cuentos, biografías y audio libros grabados por mi.