miércoles, 17 de febrero de 2016

"Axolotl" - Julio Cortazar

Axolotl -  Julio Cortázar

 

Hubo un tiempo en que yo pensaba mucho en los axolotl. Iba a verlos al acuario del Jardín des Plantes y me quedaba horas mirándolos, observando su inmovilidad, sus oscuros movimientos. Ahora soy un axolotl.

 El azar me llevó hasta ellos una mañana de primavera en que París abría su cola de pavo real después de la lenta invernada. Bajé por el bulevar de Port Royal, tomé St. Marcel y L’Hôpital, vi los verdes entre tanto gris y me acordé de los leones. Era amigo de los leones y las panteras, pero nunca había entrado en el húmedo y oscuro edificio de los acuarios. Dejé mi bicicleta contra las rejas y fui a ver los tulipanes. Los leones estaban feos y tristes y mi pantera dormía. Opté por los acuarios, soslayé peces vulgares hasta dar inesperadamente con los axolotl. Me quedé una hora mirándolos, y salí incapaz de otra cosa.

 En la biblioteca Saint-Geneviève consulté un diccionario y supe que los axolotl son formas larvales, provistas de branquias, de una especie de batracios del género amblistoma. Que eran mexicanos lo sabía ya por ellos mismos, por sus pequeños rostros rosados aztecas y el cartel en lo alto del acuario. Leí que se han encontrado ejemplares en África capaces de vivir en tierra durante los períodos de sequía, y que continúan su vida en el agua al llegar la estación de las lluvias. Encontré su nombre español, ajolote, la mención de que son comestibles y que su aceite se usaba (se diría que no se usa más) como el de hígado de bacalao.

 No quise consultar obras especializadas, pero volví al día siguiente al Jardin des Plantes. Empecé a ir todas las mañanas, a veces de mañana y de tarde. El guardián de los acuarios sonreía perplejo al recibir el billete. Me apoyaba en la barra de hierro que bordea los acuarios y me ponía a mirarlos. No hay nada de extraño en esto porque desde un primer momento comprendí que estábamos vinculados, que algo infinitamente perdido y distante seguía sin embargo uniéndonos. Me había bastado detenerme aquella primera mañana ante el cristal donde unas burbujas corrían en el agua. Los axolotl se amontonaban en el mezquino y angosto (sólo yo puedo saber cuán angosto y mezquino) piso de piedra y musgo del acuario. Había nueve ejemplares y la mayoría apoyaba la cabeza contra el cristal, mirando con sus ojos de oro a los que se acercaban. Turbado, casi avergonzado, sentí como una impudicia asomarme a esas figuras silenciosas e inmóviles aglomeradas en el fondo del acuario. Aislé mentalmente una situada a la derecha y algo separada de las otras para estudiarla mejor. Vi un cuerpecito rosado y como translúcido (pensé en las estatuillas chinas de cristal lechoso), semejante a un pequeño lagarto de quince centímetros, terminado en una cola de pez de una delicadeza extraordinaria, la parte más sensible de nuestro cuerpo. Por el lomo le corría una aleta transparente que se fusionaba con la cola, pero lo que me obsesionó fueron las patas, de una finura sutilísima, acabadas en menudos dedos, en uñas minuciosamente humanas. Y entonces descubrí sus ojos, su cara, dos orificios como cabezas de alfiler, enteramente de un oro transparente carentes de toda vida pero mirando, dejándose penetrar por mi mirada que parecía pasar a través del punto áureo y perderse en un diáfano misterio interior. Un delgadísimo halo negro rodeaba el ojo y los inscribía en la carne rosa, en la piedra rosa de la cabeza vagamente triangular pero con lados curvos e irregulares, que le daban una total semejanza con una estatuilla corroída por el tiempo. La boca estaba disimulada por el plano triangular de la cara, sólo de perfil se adivinaba su tamaño considerable; de frente una fina hendedura rasgaba apenas la piedra sin vida. A ambos lados de la cabeza, donde hubieran debido estar las orejas, le crecían tres ramitas rojas como de coral, una excrescencia vegetal, las branquias supongo. Y era lo único vivo en él, cada diez o quince segundos las ramitas se enderezaban rígidamente y volvían a bajarse. A veces una pata se movía apenas, yo veía los diminutos dedos posándose con suavidad en el musgo. Es que no nos gusta movernos mucho, y el acuario es tan mezquino; apenas avanzamos un poco nos damos con la cola o la cabeza de otro de nosotros; surgen dificultades, peleas, fatiga. El tiempo se siente menos si nos estamos quietos.

Fue su quietud la que me hizo inclinarme fascinado la primera vez que vi a los axolotl. Oscuramente me pareció comprender su voluntad secreta, abolir el espacio y el tiempo con una inmovilidad indiferente. Después supe mejor, la contracción de las branquias, el tanteo de las finas patas en las piedras, la repentina natación (algunos de ellos nadan con la simple ondulación del cuerpo) me probó que eran capaz de evadirse de ese sopor mineral en el que pasaban horas enteras. Sus ojos sobre todo me obsesionaban. Al lado de ellos en los restantes acuarios, diversos peces me mostraban la simple estupidez de sus hermosos ojos semejantes a los nuestros. Los ojos de los axolotl me decían de la presencia de una vida diferente, de otra manera de mirar. Pegando mi cara al vidrio (a veces el guardián tosía inquieto) buscaba ver mejor los diminutos puntos áureos, esa entrada al mundo infinitamente lento y remoto de las criaturas rosadas. Era inútil golpear con el dedo en el cristal, delante de sus caras no se advertía la menor reacción. Los ojos de oro seguían ardiendo con su dulce, terrible luz; seguían mirándome desde una profundidad insondable que me daba vértigo.

Y sin embargo estaban cerca. Lo supe antes de esto, antes de ser un axolotl. Lo supe el día en que me acerqué a ellos por primera vez. Los rasgos antropomórficos de un mono revelan, al revés de lo que cree la mayoría, la distancia que va de ellos a nosotros. La absoluta falta de semejanza de los axolotl con el ser humano me probó que mi reconocimiento era válido, que no me apoyaba en analogías fáciles. Sólo las manecitas... Pero una lagartija tiene también manos así, y en nada se nos parece. Yo creo que era la cabeza de los axolotl, esa forma triangular rosada con los ojitos de oro. Eso miraba y sabía. Eso reclamaba. No eran animales.

Parecía fácil, casi obvio, caer en la mitología. Empecé viendo en los axolotl una metamorfosis que no conseguía anular una misteriosa humanidad. Los imaginé conscientes, esclavos de su cuerpo, infinitamente condenados a un silencio abisal, a una reflexión desesperada. Su mirada ciega, el diminuto disco de oro inexpresivo y sin embargo terriblemente lúcido, me penetraba como un mensaje: «Sálvanos, sálvanos». Me sorprendía musitando palabras de consuelo, transmitiendo pueriles esperanzas. Ellos seguían mirándome inmóviles; de pronto las ramillas rosadas de las branquias se enderezaban. En ese instante yo sentía como un dolor sordo; tal vez me veían, captaban mi esfuerzo por penetrar en lo impenetrable de sus vidas. No eran seres humanos, pero en ningún animal había encontrado una relación tan profunda conmigo. Los axolotl eran como testigos de algo, y a veces como horribles jueces. Me sentía innoble frente a ellos, había una pureza tan espantosa en esos ojos transparentes. Eran larvas, pero larva quiere decir máscara y también fantasma. Detrás de esas caras aztecas inexpresivas y sin embargo de una crueldad implacable, ¿qué imagen esperaba su hora?

Les temía. Creo que de no haber sentido la proximidad de otros visitantes y del guardián, no me hubiese atrevido a quedarme solo con ellos. «Usted se los come con los ojos», me decía riendo el guardián, que debía suponerme un poco desequilibrado. No se daba cuenta de que eran ellos los que me devoraban lentamente por los ojos en un canibalismo de oro. Lejos del acuario no hacía mas que pensar en ellos, era como si me influyeran a distancia. Llegué a ir todos los días, y de noche los imaginaba inmóviles en la oscuridad, adelantando lentamente una mano que de pronto encontraba la de otro. Acaso sus ojos veían en plena noche, y el día continuaba para ellos indefinidamente. Los ojos de los axolotl no tienen párpados.

Ahora sé que no hubo nada de extraño, que eso tenía que ocurrir. Cada mañana al inclinarme sobre el acuario el reconocimiento era mayor. Sufrían, cada fibra de mi cuerpo alcanzaba ese sufrimiento amordazado, esa tortura rígida en el fondo del agua. Espiaban algo, un remoto señorío aniquilado, un tiempo de libertad en que el mundo había sido de los axolotl. No era posible que una expresión tan terrible que alcanzaba a vencer la inexpresividad forzada de sus rostros de piedra, no portara un mensaje de dolor, la prueba de esa condena eterna, de ese infierno líquido que padecían. Inútilmente quería probarme que mi propia sensibilidad proyectaba en los axolotl una conciencia inexistente. Ellos y yo sabíamos. Por eso no hubo nada de extraño en lo que ocurrió. Mi cara estaba pegada al vidrio del acuario, mis ojos trataban una vez mas de penetrar el misterio de esos ojos de oro sin iris y sin pupila. Veía de muy cerca la cara de una axolotl inmóvil junto al vidrio. Sin transición, sin sorpresa, vi mi cara contra el vidrio, en vez del axolotl vi mi cara contra el vidrio, la vi fuera del acuario, la vi del otro lado del vidrio. Entonces mi cara se apartó y yo comprendí.

Sólo una cosa era extraña: seguir pensando como antes, saber. Darme cuenta de eso fue en el primer momento como el horror del enterrado vivo que despierta a su destino. Afuera mi cara volvía a acercarse al vidrio, veía mi boca de labios apretados por el esfuerzo de comprender a los axolotl. Yo era un axolotl y sabía ahora instantáneamente que ninguna comprensión era posible. Él estaba fuera del acuario, su pensamiento era un pensamiento fuera del acuario. Conociéndolo, siendo él mismo, yo era un axolotl y estaba en mi mundo. El horror venía -lo supe en el mismo momento- de creerme prisionero en un cuerpo de axolotl, transmigrado a él con mi pensamiento de hombre, enterrado vivo en un axolotl, condenado a moverme lúcidamente entre criaturas insensibles. Pero aquello cesó cuando una pata vino a rozarme la cara, cuando moviéndome apenas a un lado vi a un axolotl junto a mí que me miraba, y supe que también él sabía, sin comunicación posible pero tan claramente. O yo estaba también en él, o todos nosotros pensábamos como un hombre, incapaces de expresión, limitados al resplandor dorado de nuestros ojos que miraban la cara del hombre pegada al acuario.

Él volvió muchas veces, pero viene menos ahora. Pasa semanas sin asomarse. Ayer lo vi, me miró largo rato y se fue bruscamente. Me pareció que no se interesaba tanto por nosotros, que obedecía a una costumbre. Como lo único que hago es pensar, pude pensar mucho en él. Se me ocurre que al principio continuamos comunicados, que él se sentía más que nunca unido al misterio que lo obsesionaba. Pero los puentes están cortados entre él y yo porque lo que era su obsesión es ahora un axolotl, ajeno a su vida de hombre. Creo que al principio yo era capaz de volver en cierto modo a él -ah, sólo en cierto modo-, y mantener alerta su deseo de conocernos mejor. Ahora soy definitivamente un axolotl, y si pienso como un hombre es sólo porque todo axolotl piensa como un hombre dentro de su imagen de piedra rosa. Me parece que de todo esto alcancé a comunicarle algo en los primeros días, cuando yo era todavía él. Y en esta soledad final, a la que él ya no vuelve, me consuela pensar que acaso va a escribir sobre nosotros, creyendo imaginar un cuento va a escribir todo esto sobre los axolotl.

"Cuento para tahures" - Rodolfo Walsh

Cuento para Tahúres- Rodolfo Walsh


Salió no más el 10 —un 4 y un 6— cuando ya nadie lo creía. A mí qué me 
importaba, hacía rato que me habían dejado seco. Pero hubo un murmullo feo 
entre los jugadores acodados a la mesa del billar y los mirones que formaban 
rueda. Renato Flores palideció y se pasó el pañuelo a cuadros por la frente 
húmeda. Después juntó con pesado movimiento los billetes de la apuesta, los alisó 
uno a uno y, doblándolos en cuatro, a lo largo, los fue metiendo entre los dedos de 
la mano izquierda, donde quedaron como otra mano rugosa y sucia entrelazada 
perpendicularmente a la suya. Con estudiada lentitud puso los dados en el cubilete 
y empezó a sacudirlos. Un doble pliegue vertical le partía el entrecejo oscuro. 
Parecía barajar un problema que se le hacía cada vez más difícil. Por fin se 
encogió de hombros. 

—Lo que quieran... —dijo. 

Ya nadie se acordaba del tachito de la coima. Jiménez, el del negocio, 
presenciaba desde lejos sin animarse a recordarlo. Jesús Pereyra se levantó y 
echó sobre la mesa, sin contarlo, un montón de plata. 

—La suerte es la suerte dijo con una lucecita asesina en la mirada—. Habrá que 
irse a dormir. 

Yo soy hombre tranquilo; en cuanto oí aquello, gané el rincón más cercano a la 
puerta. Pero Flores bajó la vista y se hizo el desentendido. 
 —Hay que saber perder —dijo Zúñiga sentenciosamente, poniendo un billetito de 
cinco en la mesa. Y añadió con retintín—: Total, venimos a divertirnos. 

—¡Siete pases seguidos! —comentó, admirado, uno de los de afuera. 

Flores lo midió de arriba abajo. 

—¡Vos, siempre rezando! —dijo con desprecio. 

Después he tratado de recordar el lugar que ocupaba cada uno antes de que 
empezara el alboroto. Flores estaba lejos de la puerta, contra la pared del fondo. A 
la izquierda, por donde venía la ronda, tenía a Zúñiga. Al frente, separado de él 
por el ancho de la mesa del billar, estaba Pereyra. Cuando Pereyra se levantó dos 
o tres más hicieron lo mismo. Yo me figuré que sería por el interés del juego, pero 
después vi que Pereyra tenía la vista clavada en las manos de Flores. Los demás 
miraban el paño verde donde iban a caer los dados, pero él sólo miraba las manos 
de Flores. 

El montoncito de las apuestas fue creciendo: había billetes de todos tamaños y 
hasta algunas monedas que puso uno de los de afuera. Flores parecía vacilar. Por 
fin largó los dados. Pereyra no los miraba. Tenía siempre los ojos en las manos de 
Flores. 

—El cuatro —cantó alguno. 

En aquel momento, no sé por qué, recordé los pases que habia echado Flores: el 
4, el 8, el 10, el 9, el 8, el 6, el 10... Y ahora buscaba otra vez el 4.  
El sótano estaba lleno del humo de los cigarrillos. Flores le pidió a Jiménez que le 
trajera un café, y el otro se marchó rezongando. Zúñiga sonreía maliciosamente 
mirando la cara de rabia de Pereyra. Pegado a la pared, un borracho despertaba 
de tanto en tanto y decía con voz pastosa: 

—¡Voy diez a la contra! —Después se volvía a quedar dormido. 

Los dados sonaban en el cubilete y rodaban sobre la mesa. Ocho pares de ojos 
rodaban tras ellos. Por fin alguien exclamó: 

—¡El cuatro! 

En aquel momento agaché la cabeza para encender un cigarrillo. Encima de la 
mesa había una lamparita eléctrica, con una pantalla verde. Yo no vi el brazo que 
la hizo añicos. El sótano quedó a oscuras. Después se oyó el balazo. 

Yo me hice chiquito en mi rincón y pensé para mis adentros: "Pobre Flores, era 
demasiada suerte". Sentí que algo venía rodando y me tocaba en la mano. Era un 
dado. Tanteando en la oscuridad, encontré el compañero. 

En medio del desbande, alguien se acordó de los tubos fluorescentes del techo. 
Pero cuando los encendieron, no era Flores el muerto. Renato Flores seguía 
parado con el cubilete en la mano, en la misma posición de antes. A su izquierda, 
doblado en su silla, Ismael Zúñiga tenía un balazo en el pecho. 
 "Le erraron a Flores", pensé cn el primer momento, "y le pegaron al otro. No hay 
nada que hacerle, esta noche está de suerte." 

Entre varios alzaron a Zúñiga y lo tendieron sobre tres sillas puestas en hilera. 
Jiménez (que había bajado con el café) no quiso que lo pusieran sobre la mesa de 
billar para que no le mancharan el paño. De todas maneras ya no había nada que 
hacer. 

Me acerqué a la mesa y vi que los dados marcaban el 7. Entre ellos había un 
revólver 48. 

Como quien no quiere la cosa, agarré para el lado de la puerta y subí despacio la 
escalera. Cuando salí a la calle había muchos curiosos y un milico que doblaba 
corriendo la esquina. 

Aquella misma noche me acordé de los dados, que llevaba en el bolsillo —¡lo que 
es ser distraído! —, y me puse a jugar solo, por puro gusto. Estuve media hora sin 
sacar un 7. Los miré bien y vi que faltaban unos números y sobraban otros. Uno 
de los "chivos" tenia el 8, el 4 y el 5 repetidos en caras contrarias. El otro, el 5, el 6 
y el 1. Con aquellos dados no se podía perder. No se podía perder en el primer 
tiro, porque no se podía formar el 2, el 3 y el 12, que en la primera mano son 
perdedores. Y no se podía perder en los demás porque no se podía sacar el 7, 
que es el número perdedor después de la primera mano. Recordé que Flores 
había echado siete pases seguidos, y casi todos con números difíciles: el 4, el 8, 
el 10, el 9, el 8, el 6, el 10... Y a lo último había sacado otra vez el 4. Ni una sola 
clavada. Ni una barraca. En cuarenta o cincuenta veces que habría tirado los 
dados no había sacado un solo 7, que es el número más salidor. 
 Y, sin embargo, cuando yo me fui, los dados de la mesa formaban el 7, en vez del 
4, que era el último número que había sacado. Todavía lo estoy viendo, clarito: un 
6 y un 1. 

Al día siguiente extravié los dados y me establecí en otro barrio. Si me buscaron, 
no sé; por un tiempo no supe nada más del asunto. Una tarde me enteré por los 
diarios que Pereyra había confesado. Al parecer, se había dado cuenta que Flores 
hacía trampa. Pereyra iba perdiendo mucho, porque acostumbraba jugar fuerte, y 
todo el mundo sabía que era mal perdedor. En aquella racha de Flores se le 
habían ido más de tres mil pesos. Apagó la luz de un manotazo. En la oscuridad 
erró el tiro, y en vez de matar a Flores mató a Zúñiga. Eso era lo que yo también 
había pensado en el primer momento. 

Pero después tuvieron que soltarlo. Le dijo al juez que lo habían hecho confesar a 
la fuerza. Quedaban muchos puntos oscuros. Es fácil errar un tiro en la oscuridad, 
pero Flores estaba frente a él, mientras que Zúñiga estaba a un costado, y la 
distancia no habrá sido mayor de un metro. Un detalle lo favoreció: los vidrios 
rotos de la lamparita eléctrica del sótano estaban detrás de él. Si hubiera sido él 
quien dio el manotazo — dijeron— los vidrios habrían caído del otro lado de la 
mesa de billar, donde estaban Flores y Zúñiga. 

El asunto quedó sin aclarar. Nadie vio al que pegó el manotazo a la lámpara, 
porque estaban todos inclinados sobre los dados. Y si alguien lo vio, no dijo nada. 
Yo, que podía haberlo visto, en aquel momento agaché la cabeza para encender 
un cigarrillo, que no llegué a encender. No se encontraron huellas en el revólver, ni 
se pudo averiguar quién era el dueño. Cualquiera de los que estaban alrededor de 
la mesa—y eran ocho o nueve—pudo pegarle el tiro a Zúñiga. 
 Yo no sé quién habrá sido el que lo mató. Quien más quien menos tenía alguna 
cuenta que cobrarle. Pero si yo quisiera jugarle sucio a alguien en una mesa de 
pase inglés, me sentaría a su izquierda, y al perder yo, cambiaría los dados 
legítimos por un par de aquellos que encontré en el suelo, los metería en el 
cubilete y se los pasaría al candidato. El hombre ganaría una vez y se pondría 
contento. Ganaría dos veces, tres veces... y seguiría ganando. Por difícil que fuera 
el número que sacara de entrada, lo repetiría siempre antes de que saliera el 7. Si 
lo dejaran, ganaría toda la noche, porque con esos dados no se puede perder. 

Claro que yo no esperaría a ver el resultado. Me iría a dormir, y al día siguiente me 
enteraría por los diarios. ¡Vaya usted a echar diez o quince pases en semejante 
compañía! Es bueno tener un poco de suerte; tener demasiada no conviene, y 
ayudar a la suerte es peligroso. . . 

Sí, yo creo que fue Flores no más el que lo mató a Zúñiga. Y en cierto modo lo 
mató en defensa propia. Lo mató para que Pereyra o cualquiera de los otros no lo 
mataran a él. Zúñiga—por algún antiguo rencor, tal vez — le había puesto los 
dados falsos en el cubilete, lo había condenado a ganar toda la noche, a hacer 
trampa sin saberlo, lo había condenado a que lo mataran, o a dar una explicación 
humillante en la que nadie creería. 

Flores tardó en darse cuenta; al principio creyó que era pura suerte; después se 
intranquilizó; y cuando comprendió la treta de Zúñiga, cuando vio que Pereyra se 
paraba y no le quitaba la vista de las manos, para ver si volvía a cambiar los 
dados, comprendió que no le quedaba más que un camino. Para sacarse a 
Jiménez de encima, le pidió que le trajera un café. Esperó el momento. El 
momento era cuando volviera a salir el 4, como fatalmente tenía que salir, y 
cuando todos se inclinaran instintivamente sobre los dados. 

Entonces rompió la bombita eléctrica con un golpe del cubilete, sacó el revólver 
con aquel pañuelo a cuadros y le pegó el tiro a Zúñiga. Dejó el revólver en la 
mesa, recobró los "chivos" y los tiró al suelo. No había tiempo para más. No le 
convenía que se comprobara que había estado haciendo trampa, aunque fuera sin 
saberlo. Después metió la mano en el bolsillo de Zúñiga, le buscó los dados 
legítimos, que el otro había sacado del cubilete, y cuando ya empezaban a 
parpadear los tubos fluorescentes, los tiró sobre la mesa. 


Y esta vez sí echó clavada, un 7 grande como una casa, que es el número más 
salidor... 

"Los amigos" - Julio Cortazar

"Los amigos" - Julio Cortázar

 

     EN ESE JUEGO todo tenía que andar rápido. Cuando el Número Uno decidió que había que liquidar a Romero y que el Número Tres se encargaría del trabajo, Beltrán recibió la información pocos minutos más tarde. Tranquilo pero sin perder un instante, salió del café de Corrientes y Libertad y se metió en un taxi. Mientras se bañaba en su departamento, escuchando el noticioso, se acordó de que había visto por última vez a Romero en San Isidro, un día de mala suerte en las carreras. En ese entonces Romero era un tal Romero, y él un tal Beltrán; buenos amigos antes de que la vida los metiera por caminos tan distintos. Sonrió casi sin ganas, pensando en la cara que pondría Romero al encontrárselo de nuevo, pero la cara de Romero no tenía ninguna importancia y en cambio había que pensar despacio en la cuestión del café y del auto. Era curioso que al Número Uno se le hubiera ocurrido hacer matar a Romero en el café de Cochabamba y Piedras, y a esa hora; quizá, si había que creer en ciertas informaciones, el Número Uno ya estaba un poco viejo. De todos modos la torpeza dé la orden le daba una ventaja: podía sacar el auto del garaje, estacionarlo con el motor en marcha por el lado de Cochabamba, y quedarse esperando a que Romero llegara como siempre a encontrarse con los amigos a eso de las siete de la tarde. Si todo salía bien evitaría que Romero entrase en el café, y al mismo tiempo que los del café vieran o sospecharan su intervención. Era cosa de suerte y de cálculo, un simple gesto (que Romero no dejaría de ver, porque
era un lince), y saber meterse en el tráfico y pegar la vuelta a toda máquina. Si los dos hacían las cosas como era debido —y Beltrán estaba tan seguro de Romero como de él mismo— todo quedaría despachado en un momento. Volvió a sonreír pensando en la cara del Número Uno cuando más tarde, bastante más tarde, lo llamara desde algún teléfono público para informarle de lo sucedido.

   Vistiéndose despacio, acabó el atado de cigarrillos y se miró un momento al espejo. Después sacó otro atado del cajón, y antes de apagar las luces comprobó que todo estaba en orden. Los gallegos del garaje le tenían el Ford como una seda. Bajó por Chacabuco, despacio, y a las siete menos diez se estacionó a unos metros de la puerta del café, después de dar dos vueltas a la manzana esperando que un camión de reparto le dejara el sitio. Desde donde estaba era imposible que los del café lo vieran. De cuando en cuando apretaba un poco el acelerador para mantener el motor caliente; no quería fumar, pero sentía la boca seca y le daba rabia.

   A las siete menos cinco vio venir a Romero por la vereda de enfrente; lo reconoció en seguida por el chambergo gris y el saco cruzado. Con una ojeada a la vitrina del café, calculó lo que tardaría en cruzar la calle y llegar hasta ahí. Pero a Romero no podía pasarle nada a tanta distancia del café, era preferible dejarlo que cruzara la calle y subiera a la vereda. Exactamente en ese momento, Beltrán puso el coche en marcha y sacó el brazo por la ventanilla. Tal como había previsto, Romero lo vio y se detuvo sorprendido. La primera bala le dio entre los ojos, después Beltrán tiró al montón que se derrumbaba. El Ford salió en diagonal, adelantándose limpio a un tranvía, y dio la vuelta por Tacuarí. Manejando sin apuro, el Número Tres pensó que la última visión de Romero había sido la de un tal Beltrán, un amigo del hipódromo en otros tiempos.

"Mujer de artista" - Roberto J. Payró

http://media.wix.com/ugd/f9fd02_1
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