miércoles, 17 de febrero de 2016

"Ante la ley" - Franz Kafka






"Ante la ley" - Franz Kafka

Ante la Ley hay un guardián. Hasta ese guardián llega un campesino y le ruega que le permita

entrar a la Ley. Pero el guardián responde que en ese momento no le puede franquear el acceso. El
hombre reflexiona y luego pregunta si es que podrá entrar más tarde.
—Es posible —dice el guardián—, pero ahora, no.
Las puertas de la Ley están abiertas, como siempre, y el guardián se ha hecho a un lado, de
modo que el hombre se inclina para atisbar el interior. Cuando el guardián lo advierte, ríe y dice:
—Si tanto te atrae, intenta entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda esto: yo soy poderoso.
Y yo soy sólo el último de los guardianes. De sala en sala irás encontrando guardianes cada vez más
poderosos. Ni siquiera yo puedo soportar la sola vista del tercero.
El campesino no había previsto semejantes dificultades. Después de todo, la Ley debería ser
accesible a todos y en todo momento, piensa. Pero cuando mira con más detenimiento al guardián, con
su largo abrigo de pieles, su gran nariz puntiaguda, la larga y negra barba de tártaro, se decide a esperar
hasta que él le conceda el permiso para entrar. El guardián le da un banquillo y le permite sentarse al
lado de la puerta. Allí permanece el hombre días y años. Muchas veces intenta entrar e importuna al
guardián con sus ruegos. El guardián le formula, con frecuencia, pequeños interrogatorios. Le pregunta
acerca de su terruño y de muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes
señores, y al final le repite siempre que aún no lo puede dejar entrar. El hombre, que estaba bien provisto
para el viaje, invierte todo —hasta lo más valioso— en sobornar al guardián. Este acepta todo, pero
siempre repite lo mismo:
—Lo acepto para que no creas que has omitido algún esfuerzo.
Durante todos esos años, el hombre observa ininterrumpidamente al guardián. Olvida a todos los
demás guardianes y aquél le parece ser el único obstáculo que se opone a su acceso a la Ley. Durante
los primeros años maldice su suerte en voz alta, sin reparar en nada; cuando envejece, ya sólo murmura
como para sí. Se vuelve pueril, y como en esos años que ha consagrado al estudio del guardián ha
llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de pieles, también suplica a las pulgas que lo ayuden a
persuadir al guardián. Finalmente su vista se debilita y ya no sabe si en la realidad está oscureciendo a
su alrededor o si lo engañan los ojos. Pero en aquellas penumbras descubre un resplandor inextinguible
que emerge de las puertas de la Ley. Ya no le resta mucha vida. Antes de morir resume todas las
experiencias de aquellos años en una pregunta, que nunca había formulado al guardián. Le hace una
seña para que se aproxime, pues su cuerpo rígido ya no le permite incorporarse.
El guardián se ve obligado a inclinarse mucho, porque las diferencias de estatura se han
acentuado señaladamente con el tiempo, en desmedro del campesino.
—¿Qué quieres saber ahora? –pregunta el guardián—. Eres insaciable.
—Todos buscan la Ley –dice el hombre—. ¿Y cómo es que en todos los años que llevo aquí,
nadie más que yo ha solicitado permiso para llegar a ella?
El guardián comprende que el hombre está a punto de expirar y le grita, para que sus oídos
debilitados perciban las palabras.
—Nadie más podía entrar por aquí, porque esta entrada estaba destinada a ti solamente. Ahora
cerraré.

"El inventor de juegos - La prueba" (audio) - Pablo De Santis

http://www.spreaker.com/user/gabiover0804/el-inventor-de-juegos-la-prueba

"Noticias de Morodian" (El inventor de juegos) - Pablo De Santis

  "Noticias de Morodian" - Pablo De Santis

                                                    (Capítulo de "El inventor de juegos")


 

La puerta estaba abierta. En la primera sala había una serie de vitrinas polvorientas que encerraban perinolas de madera, dados de cristal y tableros medievales. Había una vitrina dedicada a piezas sueltas de rompecabezas legendarios
Allí brillaba el ojo derecho de La doncella de Atenas -un rompecabezas del siglo IV a.C-, una pieza que había formado parte de un iceberg de cristal y un fragmento en arcilla de la muralla chica (el rompecabezas verdadero, réplica en escala de la muralla, contaba con varios millones de piezas).
  -No está aquí lo que buscamos- dijo Ríos. Y lo llevó a la sala central del museo
    En el suelo, en el centro del salón, había un rompecabezas de piezas esmaltadas que mostraba el plano de Zyl con todas sus casas dibujadas. El techo de la sala era de cristal, y, a través de los vidrios sucios, llegaba la luz de la tarde, Iván siguió con la mirada el camino que habían recorrido ese día: la plaza del caballo negro, la zona de talleres donde dormía el Cerebro mágico, la calle adoquinada que terminaba en el museo. En el norte, fuera del perímetro de la ciudad, había un círculo verde recorrido por líneas que mezclaban geometría y pesadilla: el laberinto de Zyl.
  En el plano se veían todas las casas, pintadas de colores brillantes. Era una representación de la ciudad en sus tiempos de esplendor. Iván encontró también el museo, y dentro del museo, a través del techo de cristal, se veía el mismo rompecabezas, a punto de desaparecer de tan pequeño. Pero faltaba una pieza, justo en el centro. A Iván su contorno le resultó familiar.
  Un hombre alto apareció por la puerta. Empuñaba como un arma un plumero que se confundía con su barba gris.
    -¿Qué milagro ha ocurrido para que los señores Lagos y Ríos vengan a ver el museo?- el hombre miró bien y descubrió a Iván-. Ya veo, hay alguien nuevo en el pueblo.
    -Es el nieto de Nicolás Dragó- dijo Ríos. Y, señalando al cuidador-:Y él es Zelmar Cannobio
  El hombre señaló la pieza del ángulo inferior derecho, donde estaba la forma del artista.
    -Este rompecabezas fue la obra máxima de tu bisabuelo. ¿No te contó nada Nicolás? Blas Dragó trabajó durante meses en este mapa, por encargo de su viejo amigo Aab. En ese momento el pueblo no era así; pero él lo pintó como si viera el futuro. El pueblo fue creciendo hasta ser exactamente como el rompecabezas.
    -¿Y la pieza que falta? ¿Quien se la llevó?- preguntó Iván
    -Fue Morodian, un discípulo de Nicolás. Aprendió todo de tu abuelo. Pero cuando perdió el campeonato de juegos de Zyl, se fue para siempre. Antes de partir robó la pieza del rompecabezas. Desde entonces, las cosas empezaron a ir mal para nosotros.
     -Eso es pura superstición- dijo Ríos-. Las cosas están mal porque a nadie le importa la clase de juegos que se hacen en Zyl.
     -Superstición o no, me gustaría que esa pieza volviera a estar en su lugar. A veces sueño que alguien viene en la noche, completa el rompecabezas y después se va en silencio.
Ríos tomó la mano derecha de Iván y la abrió, para mostrare al viejo Zelmar el tatuaje.
    -¿Quién te hizo eso joven Dragó? ¿Acaso fue alguien de la compañía de los juegos Profundos? ¿Conociste a Morodian?
    -No. Nunca lo vi. Recibí el tatuaje por correo...
    -Tal vez no conozcas a Morodian, pero Morodian te conoce bien. Y ya te tiene marcado.
  Zelmar pasó el plumero por el rompecabezas y levantó una nube de polvo. Cuando Iván llegó a la casa de su abuelo, Nicolás Dragó pintaba un enorme rompecabezas que representaba un antiguo plano de Venecia.
     -Hablemos de Morodian- dijo Iván.
  Al oír el nombre, la mano del artista empezó a vacilar, como si las aguas de los canales le hubieran contagiado su temblor.
      -Tengo mucho trabajo. Debo enviar este juego el martes que viene. Y todavía me falta barnizarlo y separar y limar las piezas. Además con esta humedad la pintura tarda una barbaridad en secarse. Otro día hablamos.
  Pero Iván siguió de pie, junto a su abuelo,  esperando una respuesta. Nicolás, resignado, interrumpió el trabajo
  -Morodian siempre está allí, para tentarnos. Ha llamado a muchos y se los ha llevado a trabajar con él.

 Y siempre a los mejores. Pero nadie habla de eso. Cuando  se fue el ingeniero Gabler, uno de los más brillantes  creadores de juegos de naipes, todos dijimos: "Consiguió un mejor  empleo en la ciudad". Siempre tratamos de engañarnos. Y así estamos ahora: en la ruina.
  -¿Cómo fue que perdió Morodian su concurso?
  -Eso pasó hace muchos años. Él era joven y ambicioso y todos confiábamos en que sería el gran inventor de juegos de Zyl.
Todas las tardes venía a mi casa para que yo le enseñara  el tallado de las piezas, la redacción de las instrucciones y todas las cosas que se necesitan para disciplinar la imaginación. Había ganado varios torneos menores, pero ese año postuló para el gran campeonato. Su juego era extraordinario.
  -¿Cómo era?
  -Ya no lo sé, por fin he logrado apartarlo por completo de mi mente... No quiero hablar de eso ahora. Tengo que terminar con este mapa de Venecia.
En el rompecabezas de Zyl está la respuesta: y eso es todo lo que voy a decir.
Cuando se reunió con los acuáticos, Iván les contó la conversación que había tenido con su abuelo.
  -¿Creen que el juego de Morodian está escondido en el museo?- preguntó Iván.
  -Tu abuelo nunca dijo eso. Solo que miraras el rompecabezas- le respondió Ríos.
Y hacia allí fueron. Frente al rompecabezas, los tres amigos se quedaron en silencio. Ríos se había puesto su parche para concentrarse mejor en los diminutos nombres de las calles.
  -¿De nuevo por aquí?-preguntó Zelmar-. ¿Y qué quieren ahora?
  -La pieza que robó Morodian, ¿a qué correspondía?
  -Es una esquina de la ciudad. El cruce entre la avenida del Azar y la calle del Rey. Justo enfrente había un descampado, y en el otoño venía un circo que se llamaba Circo Real Kronos.
La estrella era una trapecista de malla verde que parecía un pájaro. Yo iba al circo sólo para verla a ella...
  Zelmar se había quedado mirando el hueco. En el mapa, que mostraba tantas cosas, no había ninguna huella del circo ni de la trapecista de malla verde.
  -¿Pero qué había exactamente allí? ¿Por qué Morodian sacó esa pieza y no cualquier otra? ¿Qué es este dibujo que tengo en la mano? -Iván hizo las tres preguntas casi al mismo tiempo.
  Pero Zelmar entendió. Ya se había dado por vencido.
  -Allí vivía Morodian.

"El sentimiento de lo fantástico" - Julio Cortazar

"El sentimiento de lo fantástico"- Julio Cortázar

Yo he sido siempre y primordialmente considerado como un prosista. La poesía es un poco mi juego secreto, la guardo casi enteramente para mí y me conmueve que esta noche dos personas diferentes hayan aludido a lo que yo he podido hacer en el campo de la poesía. (...) he pensado que me gustaría hablarles concretamente de literatura, de una forma de literatura: el cuento fantástico.

Yo he escrito una cantidad probablemente excesiva de cuentos, de los cuales la inmensa mayoría son cuentos de tipo fantástico. El problema, como siempre, está en saber qué es lo fantástico. Es inútil ir al diccionario, yo no me molestaría en hacerlo, habrá una definición, que será aparentemente impecable, pero una vez que la hayamos leído los elementos imponderables de lo fantástico, tanto en la literatura como en la realidad, se escaparán de esa definición.

Ya no sé quién dijo, una vez, hablando de la posible definición de la poesía, que la poesía es eso que se queda afuera, cuando hemos terminado de definir la poesía. Creo que esa misma definición podría aplicarse a lo fantástico, de modo que, en vez de buscar una definición preceptiva de lo que es lo fantástico, en la literatura o fuera de ella, yo pienso que es mejor que cada uno de ustedes, como lo hago yo mismo, consulte su propio mundo interior, sus propias vivencias, y se plantee personalmente el problema de esas situaciones, de esas irrupciones, de esas llamadas coincidencias en que de golpe nuestra inteligencia y nuestra sensibilidad tienen la impresión de que las leyes, a que obedecemos habitualmente, no se cumplen del todo o se están cumpliendo de una manera parcial, o están dando su lugar a una excepción.

Ese sentimiento de lo fantástico, como me gusta llamarle, porque creo que es sobre todo un sentimiento e incluso un poco visceral, ese sentimiento me acompaña a mí desde el comienzo de mi vida, desde muy pequeño, antes, mucho antes de comenzar a escribir, me negué a aceptar la realidad tal como pretendían imponérmela y explicármela mis padres y mis maestros. Yo vi siempre el mundo de una manera distinta, sentí siempre, que entre dos cosas que parecen perfectamente delimitadas y separadas, hay intersticios por los cuales, para mí al menos, pasaba, se colaba, un elemento, que no podía explicarse con leyes, que no podía explicarse con lógica, que no podía explicarse con la inteligencia razonante.

Ese sentimiento, que creo que se refleja en la mayoría de mis cuentos, podríamos calificarlo de extrañamiento; en cualquier momento les puede suceder a ustedes, les habrá sucedido, a mí me sucede todo el tiempo, en cualquier momento que podemos calificar de prosaico, en la cama, en el ómnibus, bajo la ducha, hablando, caminando o leyendo, hay como pequeños paréntesis en esa realidad y es por ahí, donde una sensibilidad preparada a ese tipo de experiencias siente la presencia de algo diferente, siente, en otras palabras, lo que podemos llamar lo fantástico. Eso no es ninguna cosa excepcional, para gente dotada de sensibilidad para lo fantástico, ese sentimiento, ese extrañamiento, está ahí, a cada paso, vuelvo a decirlo, en cualquier momento y consiste sobre todo en el hecho de que las pautas de la lógica, de la causalidad del tiempo, del espacio, todo lo que nuestra inteligencia acepta desde Aristóteles como inamovible, seguro y tranquilizado se ve bruscamente sacudido, como conmovido, por una especie de, de viento interior, que los desplaza y que los hace cambiar.

Un gran poeta francés de comienzos de este siglo, Alfred Jarry, el autor de tantas novelas y poemas muy hermosos, dijo una vez, que lo que a él le interesaba verdaderamente no eran las leyes, sino las excepciones de las leyes; cuando había una excepción, para él había una realidad misteriosa y fantástica que valía la pena explorar, y toda su obra, toda su poesía, todo su trabajo interior, estuvo siempre encaminado a buscar, no las tres cosas legisladas por la lógica aristotélica, sino las excepciones por las cuales podía pasar, podía colarse lo misterioso, lo fantástico, y todo eso no crean ustedes que tiene nada de sobrenatural, de mágico, o de esotérico; insisto en que por el contrario, ese sentimiento es tan natural para algunas personas, en este caso pienso en mí mismo o pienso en Jarry a quien acabo de citar, y pienso en general en todos los poetas; ese sentimiento de estar inmerso en un misterio continuo, del cual el mundo que estamos viviendo en este instante es solamente una parte, ese sentimiento no tiene nada de sobrenatural, ni nada de extraordinario, precisamente cuando se lo acepta como lo he hecho yo, con humildad, con naturalidad, es entonces cuando se lo capta, se lo recibe multiplicadamente cada vez con más fuerza; yo diría, aunque esto pueda escandalizar a espíritus positivos o positivistas, yo diría que disciplinas como la ciencia o como la filosofía están en los umbrales de la explicación de la realidad, pero no han explicado toda la realidad, a medida que se avanza en el campo filosófico o en el científico, los misterios se van multiplicando, en nuestra vida interior es exactamente lo mismo.

Si quieren un ejemplo para salir un poco de este terreno un tanto abstracto, piensen solamente en eso que utilizamos continuamente y que es nuestra memoria. Cualquier tratado de psicología nos va a dar una definición de la memoria, nos va a dar las leyes de la memoria, nos va a dar los mecanismos de funcionamiento de la memoria. Y bien, yo sostengo que la memoria es uno de esos umbrales frente a los cuales se detiene la ciencia, porque no puede explicar su misterio esencial, esa memoria que nos define como hombres, porque sin ella seríamos como plantas o piedras; en primer lugar, no sé si alguna vez se les ocurrió pensarlo, pero esa memoria es doble; tenemos dos memorias, una que es activa, de la cual podemos servirnos en cualquier circunstancia práctica y otra que es una memoria pasiva, que hace lo que le da la gana: sobre la cual no tenemos ningún control.

Jorge Luis Borges escribió un cuento que se llama “Funes el memorioso”, es un cuento fantástico, en el sentido de que el personaje Funes, a diferencia de todos nosotros, es un hombre que posee una memoria que no ha olvidado nada, y cada vez que Funes ha mirado un árbol a lo largo de su vida, su memoria ha guardado el recuerdo de cada una de las hojas de ese árbol, de cada una de las irisaciones de las gotas de agua en el mar, la acumulación de todas las sensaciones y de todas las experiencias de la vida están presentes en la memoria de ese hombre. Curiosamente en nuestro caso es posible, es posible que todos nosotros seamos como Funes, pero esa acumulación en la memoria de todas nuestras experiencias pertenecen a la memoria pasiva, y esa memoria solamente nos entrega lo que ella quiere.
Para completar el ejemplo si cualquiera de ustedes piensa en el número de teléfono de su casa, su memoria activa le da ese número, nadie lo ha olvidado, pero si en este momento, a los que de ustedes les guste la música de cámara, les pregunto cómo es el tema del andante del cuarteto 427 de Mozart, es evidente que, a menos de ser un músico profesional, ninguno de ustedes ni yo podemos silbar ese tema y, sin embargo, si nos gusta la música y conocemos la obra de Mozart, bastará que alguien ponga el disco con ese cuarteto y apenas surja el tema nuestra memoria lo continuará. Comprenderemos en ese instante que lo conocíamos, conocemos ese tema porque lo hemos escuchado muchas veces, pero activamente, positivamente, no podemos extraerlo de ese fondo, donde quizá como Funes, tenemos guardado todo lo que hemos visto, oído, vivido.

Lo fantástico y lo misterioso no son solamente las grandes imaginaciones del cine, de la literatura, los cuentos y las novelas. Está presente en nosotros mismos, en eso que es nuestra psiquis y que ni la ciencia, ni la filosofía consiguen explicar más que de una manera primaria y rudimentaria.
Ahora bien, si de ahí, ya en una forma un poco más concreta, nos pasamos a la literatura, yo creo que ustedes están en general de acuerdo que el cuento, como género literario, es un poco la casa, la habitación de lo fantástico. Hay novelas con elementos fantásticos, pero son siempre un tanto subsidiarios, el cuento en cambio, como un fenómeno bastante inexplicable, en todo caso para mí, le ofrece una casa a lo fantástico; lo fantástico encuentra la posibilidad de instalarse en un cuento y eso quedó demostrado para siempre en la obra de un hombre que es el creador del cuento moderno y que se llamó Edgar Allan Poe. A partir del día en que Poe escribió la serie genial de su cuento fantástico, esa casa de lo fantástico, que es el cuento, se multiplicó en las literaturas de todo el mundo y además sucedió una cosa muy curiosa y es que América Latina, que no parecía particularmente preparada para el cuento fantástico, ha resultado ser una de las zonas culturales del planeta, donde el cuento fantástico ha alcanzado sus exponentes, algunos de sus exponentes más altos. Piensen, los que se preocupan en especial de literatura, piensen en el panorama de un país como Francia, Italia o España, el cuento fantástico no existe o existe muy poco y no interesa, ni a autores, ni a lectores; mientras que, en América Latina, sobre todo en algunos países del cono sur: en el Uruguay , en la Argentina... ha habido esa presencia de lo fantástico que los escritores han traducido a través del cuento. Cómo es posible que en un plazo de treinta años el Uruguay y la Argentina hayan dado tres de los mayores cuentistas de literatura fantástica de la literatura moderna. Estoy naturalmente citando a Horacio Quiroga, a Jorge Luis Borges y al uruguayo FelisbertoHernández, todavía, injustamente, mucho menos conocido.
En la literatura lo fantástico encuentra su vehículo y su casa natural en el cuento y entonces, a mí personalmente no me sorprende, que habiendo vivido siempre con la sensación de que entre lo fantástico y lo real no había límites precisos, cuando empecé a escribir cuentos ellos fueran de una manera casi natural, yo diría casi fatal, cuentos fantásticos.

(...) Elijo para demostrar lo fantástico uno de mis cuentos, La noche boca arriba, y cuya historia, resumida muy sintéticamente, es la de un hombre que sale de su casa en la ciudad de París, una mañana, en una motocicleta y va a su trabajo, observando, mientras conduce su moto, los altos edificios de concreto, las casas, los semáforos y en un momento dado equivoca una luz de semáforo y tiene un accidente y se destroza un brazo, pierde el sentido y al salir del desmayo, lo han llevado al hospital, lo han vendado y está en una cama, ese hombre tiene fiebre y tiene tiempo, tendrá mucho tiempo, muchas semanas para pensar, está en un estado de sopor, como consecuencia del accidente y de los medicamentos que le han dado; entonces se adormece y tiene un sueño; sueña curiosamente que es un indio mexicano de la época de los aztecas, que está perdido entre las ciénagas y se siente perseguido por una tribu enemiga, justamente los aztecas que practicaban aquello que se llamaba la guerra florida y que consistía en capturar enemigos para sacrificarlos en el altar de los dioses.

Todos hemos tenido y tenemos pesadillas así. Siente que los enemigos se acercan en la noche y en el momento de la máxima angustia se despierta y se encuentra en su cama de hospital y respira entonces aliviado, porque comprende que ha estado soñando, pero en el momento en que se duerme la pesadilla continúa, como pasa a veces y entonces, aunque él huye y lucha es finalmente capturado por sus enemigos, que lo atan y lo arrastran hacia la gran pirámide, en lo alto de la cual están ardiendo las hogueras del sacrificio y lo está esperando el sacerdote con el puñal de piedra para abrirle el pecho y quitarle el corazón. Mientras lo suben por la escalera, en esa última desesperación, el hombre hace un esfuerzo por evitar la pesadilla, por despertarse y lo consigue; vuelve a despertarse otra vez en su cama de hospital, pero la impresión de la pesadilla ha sido tan intensa, tan fuerte y el sopor que lo envuelve es tan grande, que poco a poco, a pesar de que él quisiera quedarse del lado de la vigilia, del lado de la seguridad, se hunde nuevamente en la pesadilla y siente que nada ha cambiado. En el minuto final tiene la revelación. Eso no era una pesadilla, eso era la realidad; el verdadero sueño era el otro. Él era un pobre indio, que soñó con una extraña, impensable ciudad de edificios de concreto, de luces que no eran antorchas, y de un extraño vehículo, misterioso, en el cual se desplazaba, por una calle.

Si les he contado muy mal este cuento es porque me parece que refleja suficientemente la inversión de valores, la polarización de valores, que tiene para mí lo fantástico y, quisiera decirles además, que esta noción de lo fantástico no se da solamente en la literatura, sino que se proyecta de una manera perfectamente natural en mi vida propia.

Terminaré este pequeño recuento de anécdotas con algo que me ha sucedido hace aproximadamente un año. Ocho años atrás escribí un cuento fantástico que se llama “Instrucciones para John Howell”, no les voy a contar el cuento; la situación central es la de un hombre que va al teatro y asiste al primer acto de una comedia, más o menos banal, que no le interesa demasiado; en el intervalo entre el primero y el segundo acto dos personas lo invitan a seguirlos y lo llevan a los camerinos, y antes de que él pueda darse cuenta de lo que está sucediendo, le ponen una peluca, le ponen unos anteojos y le dicen que en el segundo acto él va a representar el papel del actor que había visto antes y que se llama John Howell en la pieza.
“Usted será John Howell”. Él quiere protestar y preguntar qué clase de broma estúpida es esa, pero se da cuenta en el momento de que hay una amenaza latente, de que si él se resiste puede pasarle algo muy grave, pueden matarlo. Antes de darse cuenta de nada escucha que le dicen “salga a escena, improvise, haga lo que quiera, el juego es así”, y lo empujan y él se encuentra ante el público... No les voy a contar el final del cuento, que es fantástico, pero sí lo que sucedió después.

El año pasado recibí desde Nueva York una carta firmada por una persona que se llama John Howell. Esa persona me decía lo siguiente: “Yo me llamo John Howell, soy un estudiante de la universidad de Columbia, y me ha sucedido esto; yo había leído varios libros suyos, que me habían gustado, que me habían interesado, a tal punto que estuve en París hace dos años y por timidez no me animé a buscarlo y hablar con usted. En el hotel escribí un cuento en el cual usted es el protagonista, es decir que, como París me ha gustado mucho, y usted vive en París, me pareció un homenaje, una prueba de amistad, aunque no nos conociéramos, hacerlo intervenir a usted como personaje. Luego, volví a N.Y, me encontré con un amigo que tiene un conjunto de teatro de aficionados y me invitó a participar en una representación; yo no soy actor, decía John, y no tenía muchas ganas de hacer eso, pero mi amigo insistió porque había otro actor enfermo. Insistió y entonces yo me aprendí el papel en dos o tres días y me divertí bastante. En ese momento entré en una librería y encontré un libro de cuentos suyos donde había un cuento que se llamaba “Instrucciones para John Howell”. ¿Cómo puede usted explicarme esto, agregaba, cómo es posible que usted haya escrito un cuento sobre alguien que se llama John Howell, que también entra de alguna manera un poco forzado en el teatro, y yo, John Howell, he escrito en París un cuento sobre alguien que se llama Julio Cortázar.

Yo los dejo a ustedes con esta pequeña apertura, sobre el misterio y lo fantástico, para que cada uno apele a su propia imaginación y a su propia reflexión y desde luego, a partir de este minuto estoy dispuesto a dialogar y a contestar, como pueda, las preguntas que me hagan.